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La doble cara de nuestros políticos, gracias a nuestra complicidad

Es llamativo cómo los políticos de turno se contradicen continuamente y en lapsos muy cortos de tiempo. Algunos hasta pareciendo dos personas completamente distintas, dependiendo de si se encuentran opinando antes o después de las elecciones.

No hace mucho tiempo los políticos antes de las elecciones saltaban con la banderita de que había que bajar los impuestos. No obstante, pasados solo unas semanas después de las elecciones, aprobaron un paquete de cambios sobre el Impuesto a los Bienes Personales que ha significado un alivio para algunos, pero un aumento de la alícuota para otros. En el neto, un aumento de la presión impositiva, en una maniobra que tuvo de protagonistas a 3 Diputados de Juntos por el Cambio. Bloque que había prometido defender los intereses de la ciudadanía no apoyando subas impositivas.

Evidentemente, cuando de ahogar al sector privado se trata, van de la mano el oficialismo y parte de la oposición. ¿Ingenuidad o complicidad? La respuesta se contesta bien fácil con expectativas adaptativas: si en cuatro años de gestión no bajaron impuestos ¿qué expectativas debe tener uno de que, ahora la oposición, bajen los impuestos?

Si uno sigue creyendo en que no subirán los impuestos, cuando siendo gobierno no se caracterizaron por ello, el ingenuo o cómplice realmente es uno.

La línea entre la ingenuidad y la complicidad es muy fina. Cuando José Luis Espert se lanzó a la política, allá por el 2018, jamás dudé de a quién debía votar. Lo hice porque estaba formada bajo las ideas de Mises, Hayek, Rothbard, entre tantos otros autores, de la mano del profesor Martín Krause, y sabía que otro liberal jamás traicionaría sus convicciones porque conocía, perfectamente, el norte.

Siendo liberal uno sabe que cobrar impuestos está, desde un punto de vista económico y moral, mal. Muchas veces los liberales disentimos en un montón de cuestiones. No obstante, lo básico lo tenemos bien en claro. Una persona que no es liberal, es capaz de negociar, sin avergonzarse, subas de impuestos. Como lo han hecho gran parte de aquellos que se disfrazaron de liberales antes de las elecciones.

Muchas veces, el problema del liberalismo es que quiere forzar liberales donde no los hay. Bastante lamentable la imagen diaria que dan algunos intentando catalogar de liberales a personalidades que no lo son. Después, se sorprenden que cuando estos llegan al poder- en parte gracias a su apoyo- no tengan un ápice de liberalismo en las venas. La soberbia humana de creerse superiores sólo por el hecho de desear algo e intentar racionalizar ese deseo, ha derrumbado a grandes imperios a lo largo de la historia mundial.

Vamos a lo básico, que no es tan difícil de entender tampoco, en materia de impuestos. Cobrar impuestos está mal por los siguientes motivos:

  • Argumento económico: no existe ninguna evidencia empírica de que una unidad adicional dentro del sector público logre compensar toda la pérdida que se ocasiona en el sector privado por la transferencia de recursos. El sector privado, con los recursos que les saca el sector público, podría incorporar nuevas tecnologías a las cadenas productivas, crear puestos de trabajo, incrementar la productividad sobre los salarios, subir los salarios reales y ofrecernos bienes y servicios más baratos y de mejor calidad. Todo eso no se hace porque esos recursos son despilfarrados en mantener una casta que parasita hace años la riqueza de nuestro país.
  • Argumento moral: cobrar impuestos está mal, al igual que robar y apropiarse del fruto de los esfuerzos ajenos. Si un delincuente nos apunta con un arma y se queda con la mitad del sueldo anual, nos indignaríamos y hasta derramaríamos varias lágrimas. Sin embargo, los políticos se apropian de la mitad de lo que ganamos anualmente y, no sólo nadie se indigna, sino que los galardonamos votándolos. ¿Qué diferencia hay entre un delincuente y el Estado? Ninguna, ambos cometen el mismo hecho de apropiación de recursos. La única diferencia que puede haber, es que en el segundo nosotros lo avalamos. Así de simple.

Un verdadero liberal lo entiende. Aquel manchado por la ambición de haber vivido de la política durante muchos años, no. Y tampoco pretendamos que con algunas lecturas liberales en el entretiempo lo entienda. Obviamente que el problema no es de ellos ya que actúan de forma racional a su formación y sus intereses.

Es bien sabido que gran parte de nuestros políticos se manejan con focus groups. Es decir, moldean su discurso en base a lo que “políticamente les conviene”. Así, es natural que, con la proliferación del liberalismo, las ideas se muevan hacia razonamientos de sentido común ¡Gracias liberales que estuvieron batallando tantos años para que se dé el giro!

Sin embargo, de ahí a creer que los políticos de turno iban a ir en contra de sus propios intereses, faltando dos años para las siguientes elecciones, ajustándose los cinturones, renunciando a sus festicholas nocturnas y exigiendo una baja impositiva… es algo de una ingenuidad muy absurda o, mejor dicho, de un enanismo intelectual que no se resuelve leyendo a Mises.

Más allá de eso, jamás dudé del accionar que iban a tener los liberales en el Congreso. No iban a dar el brazo a torcer en ninguna de las leyes que violan los derechos, libertades y las perspectivas de progreso de los argentinos. La formación del liberal prohíbe que acepte políticas tan nefastas como la del Impuesto a los Bienes Personales, o cuestiones como el “pacto fiscal” o el proto-comunista Impuesto a la Herencia que se está empezando a poner sobre la mesa de discusión de cara a 2022.

Dicho y hecho: a los liberales en serio los vemos flamantes en el Congreso, defendiendo nuestras libertades como aseguraron en campaña. A los demás, los vemos haciendo lo mismo de siempre: luchando para ellos mismos, estafando intelectual y económicamente al votante promedio. Nada nuevo bajo el sol.